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domingo, 8 de junio de 2014

Identididades peligrosas en el deporte


¿Se imaginan a Colombia dividido entre “uranistas” y “quintanistas”?, ¿qué tal un grupo de aficionados vestidos de camiseta rosa, armados de palos y armas blancas, rumbo a un sitio de reunión para ver la etapa el Giro, esperando a encontrarse de frente con los seguidores de Nairo para descargar su ira y atacarlos con sus armas? Menos mal el ciclismo de hoy no da para eso. Aunque en alguna época en los albores de este deporte se llegaron a desbordar los regionalismos, hoy esta disciplina deportiva solo genera identidades de patria y emociones que no van a la irracionalidad salvaje tan tristemente común en el fútbol.

Si bien una de las características del deporte moderno es la generación de identidades, dejar que éstas se vayan al extremo de la irracionalidad es supremamente peligroso. Nada justifica, por ejemplo, que el día de la final del fútbol colombiano se hayan registrado 5 muertos en Barranquilla, 1 en Medellín y disturbios en 16 ciudades más del país. Y eso que faltaron datos de otros municipios. Decir que fueron hechos presentados lejos del estadio, como afirman las autoridades cada que se les toca el tema, no excusa al fútbol como generador de estos actos de violencia. Es fanatismo. Son muertos inocultables y hechos violentos lamentables. El deporte no fue pensado para eso y la sociedad tampoco; pero en nuestro país, esa irracionalidad se volvió casi que natural. 

El fenómeno se vuelve más triste cuando se hace evidente en partidos entre clubes del exterior, como la final de Champions el fin de semana. Asusta pasar por las redes sociales en ese tipo de encuentros y leer todo tipo de insultos e improperios entre colombianos que solamente por televisión le han tomado cariño a uno de los clubes que juegan. El pecado en el fútbol hoy es la identificación con una camiseta, con un estilo  o con un entrenador. El fútbol, como la vida del país, se polarizó en dos extremos cada vez más distantes.

Lo particular es ver cómo otros deportes luchan a diario para que este tipo de identidades peligrosas no se presenten. El rugby, el baloncesto de la NBA (en el local a veces se ven actos irracionales) y el ciclismo son una muestra representativa  de que con acciones educativas permanentes y con sanciones ejemplares se pueden controlar los excesos. Obviamente, uno puede mirar al fútbol de manera particular por el fenómeno social que representa, pero igual eso no justifica las identidades llevadas al límite del sectarismo.


Seguramente hoy, después de la jornada electoral, los ánimos en el país deben estar caldeados. La polarización política, como la del fútbol, llegó a extremos grotescos y lamentables. Claro, es apenas una suposición, pues escribo esta columna  mientras veo a Urán, a Nairo y a una docena de colombianos devorar kilómetros magistralmente dándole nombre al país y despertando sentimientos de orgullo y solidaridad. Ojalá en el fútbol y en la política aprendiéramos a ser “uranistas” y “quintanistas” admirando y siguiendo al de las preferencias, pero respetando el esfuerzo que hace el otro por ganar. 

viernes, 7 de septiembre de 2012

De largo aliento (7 de septiembre de 2012) - ¿A QUÉ JUGAR?


¿A QUÉ JUGAR?
Por Jhon Jaime Osorio
@jhonjaimeosorio

Publicado en la columna "De largo aliento" del periódico El Deportivo el 7 de septiembre de 2012

¿A qué debe jugar hoy la selección  Colombia de fútbol? Difícil de responder. Si la pregunta fuera con la Selección Uruguaya, la respuesta sería obvia: a mostrar su garra. Si fuera con Brasil, uno respondería que deben mostrar el Jogo Bonito que hace rato exhibe. Con Paraguay uno sabe que no hay una diferente a la del balón aéreo en el área. Si la pregunta fuera incluso con Perú, uno diría que tiene la respuesta.  Con Colombia, uno se complica.

Algunos pensarán que la pregunta no tiene lugar, que en las circunstancias  actuales, las respuestas saltan a la vista y son demasiado obvias: a ganar como sea, a atacar a Uruguay, a tener el balón y hacer daño con él… No, la pregunta que hago no es la obligación el momento, no es una inquietud de circunstancia. Mi pregunta va a la esencia, al estilo, a la forma general. Mi pregunta es por algo que la selección nuestra no tiene y otras sí: a la identidad. Digamos que mi pregunta va al sentir del equipo; no a la disposición en la cancha ni a las necesidades inmediatas.

¿Quiénes somos en el fútbol?, ¿a qué juega generalmente un equipo nuestro?, ¿cuál es la relación de este juego de pelota con lo que somos como país?, ¿qué queremos ser?, ¿qué interpreta nuestro juego? Esa es la búsqueda permanente de un individuo o una organización. El fútbol no es la excepción.

Hace algunos años, cuando clasificábamos a los mundiales, cualquiera en el mundo sabía que Colombia era un equipo de toque – toque, de tenencia de la pelota, de buen trato al balón y de pocos goles. En esa época, el fútbol colombiano tenía identidad. Sin importar quién dirigiera, el equipo jugaba a lo mismo. Obviamente, dependiendo de las individualidades y de las circunstancias del partido, el funcionamiento cambiaba; pero la identidad no se perdía.

No soy un romántico empedernido. No estoy pidiendo que volvamos al toque – toque. No. Estoy preguntando ¿a qué debe jugar Colombia? La identidad de hoy tiene que ser diferente a la de hace 20 años pues el país ha cambiado, y su fútbol también. Hemos cambiado tanto que ya no sabemos para dónde vamos, qué queremos, o cuál debe ser el norte. No tenemos identidad. Nos conocen en el mundo por nuestras individualidades; pero como dicen los muchachos en el barrio: no nos conocen el juego. Ojalá hoy mostremos algo esencial y no solo lo circunstancial.